Un día me propuse ir a encontrar tesoros. Me empeñé en ir a buscarlos allí donde se hallaran, sin regatear esfuerzos.
En esta búsqueda llegué a una plaza que tiene el nombre de una gran mujer, la escritora Sara Suárez Solís. Esa plaza se encuentra en el norte de la Península Ibérica, a la orilla del mar Cantábrico, en un lugar llamado Gijón. Allí, en una alta casa, descubrí dos tesoros. Tenían apariencia de postales unidas por un artilugio plastificado, pero en realidad eran libros, aunque sus textos fueran casi inexistentes. En ellos se ha dado la palabra a las imágenes, y son ellas las que hablan y cuentan. También parecen para niños pequeños, pero quiá, ¿acaso los tesoros tienen edad?
Como libros que son poseen título: uno, «Don Quijote de la Mancha»; el otro, «Moby Dick». Se presentan, insisto, sin texto. Son como el aroma de estas dos grandes obras. Los niños y niñas que, desde muy pequeños, huelan su fragancia al hojearlos, enriquecerán su sentido del olfato, pues sus páginas desprenden un inigualable olor a aventura. Y seguro que ese olor, pleno de matices, los guiará un día a meterse decididos en los entresijos de esas joyas literarias como si fuesen algo que los llama, que ha disparado su curiosidad y que desean conocer más y mejor.